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8 pasos prácticos para conseguir participación real en tu entidad

Fecha de publicación: Temática:
Gestión eficiente
Autor: COMPASSS (dinamización)
En este post, ponemos el foco en la participación a través de la Guía Interactiva “Orientaciones y recomendaciones para mejorar la participación en las entidades del TSAS” elaborada por EAPN España: claves para entenderla, herramientas para el diagnóstico o estrategias para ampliarla.

En Compasss creemos que unas entidades sociales fuertes, alineadas con su causa y sostenibles se construyen desde dentro. Por eso, la participación es la base para que las personas usuarias puedan aportar, compartir experiencias y contribuir a la construcción de una sociedad justa e inclusiva.

La Guía Interactiva “Orientaciones y recomendaciones para mejorar la participación en las entidades del TSAS”, elaborada por EAPN España, está pensada para ayudar a las entidades a reflexionar, probar y poner en marcha estrategias que fortalezcan la participación y abran la puerta a nuevos perfiles con distintas edades, géneros y orígenes.

Anteriormente ya habíamos profundizado sobre la sostenibilidad desde el punto de vista de las redes, plataformas y confederaciones, y también de cómo incorporar una mayor participación de las personas beneficiarias en los proyectos. En este post, ponemos el foco directamente en la participación: claves para entenderla, herramientas para el diagnóstico o estrategias para ampliarla. 

A continuación, compartimos 8 pasos sencillos para empezar a trabajar en una participación más real y sostenida para tu entidad.

Infografía titulada “8 pasos para empezar a trabajar en una participación más real y sostenida para tu entidad”, con ocho bloques numerados, cada uno con un icono y una recomendación. En la parte inferior aparecen los logos de Fundación ONCE, COMPASSS y Cermi.

1. Define qué nivel de participación necesitas

Antes de activar espacios o dinámicas, conviene concretar qué se entiende por participación y qué nivel queréis promover en vuestra entidad. No es lo mismo informar que consultar, cocrear o tomar decisiones compartidas. Además, la guía recuerda que la participación puede expresarse de distintas maneras: en el ámbito social, comunitario, ciudadano o político. Tener claro de qué participación hablamos en cada caso ayuda a elegir bien los espacios, las personas implicadas y el impacto que se busca conseguir.

Estos son los cuatro tipos de participación que recoge la guía:

  • Participación social: vinculada a la implicación en grupos, asociaciones o espacios de relación y apoyo. Colaborar activamente con una ONG, hacer voluntariado transformador.

  • Participación comunitaria: conectada al barrio o territorio, y a acciones colectivas que mejoran la vida en común. Por ejemplo, afiliarse a una asociación de vecinos o participar en el AMPA.

  • Participación política: centrada en intervenir en asuntos públicos y en la toma de decisiones que afectan a la comunidad. Votar en elecciones, afiliarse a un sindicato, militar en un partido político.

  • Participación ciudadana: relacionada con la incidencia y la influencia en políticas y medidas públicas. Formar parte de foros o asambleas, participar en presupuestos participativos.

El reto es ir avanzando hacia niveles más altos de participación, donde la voz colectiva se traduzca en capacidad real de incidencia. Y es que fortalecer la participación no solo es un deber democrático, sino que genera beneficios directos para las entidades. Hablamos de legitimidad, innovación, sostenibilidad, diversidad y empoderamiento. 

2. Elabora un diagnóstico de la situación actual

El siguiente paso es el punto de partida: qué espacios de participación existen ya, quién participa, quién se queda fuera y qué peso tienen las aportaciones en las decisiones finales. La guía propone preguntas y herramientas para revisar cómo está funcionando la participación y detectar desequilibrios.

Para hacerlo práctico, puedes revisar tres puntos:

  • en qué momentos se pide opinión o se decide en común.

  • qué canales existen y si son accesibles para distintos perfiles.

  • qué percepción tiene la gente sobre si participar tiene una utilidad real o no.

3. Identifica las principales barreras 

Muchas veces la falta de participación incluye barreras concretas, no falta de iniciativa. El tiempo, el formato, el lenguaje, la accesibilidad, la experiencia o el miedo pueden suponer un freno. La guía insiste en que el clima de confianza y la seguridad son imprescindibles.

Estas son las barreras más comunes:

  • Barreras sociales: prejuicios hacia determinados colectivos, desconfianza en instituciones y la percepción de las personas como receptoras de servicios y no como agentes con capacidad de decisión.

  • Barreras de tiempojornadas largas, falta de flexibilidad horaria o cargas de cuidados.

  • Barreras lingüísticas: desconocimiento o dificultades de comunicación por no dominar el idioma.

  • Barreras económicas: coste de oportunidad de participar (tiempo no remunerado) y brecha digital (falta de dispositivos o conexión).

  • Barreras organizativas: jerarquías internas, falta de formación en participación o información poco clara/escasa.

  • Barreras psicológicas: falta de confianza, miedo a ser juzgadas o sensación de que su opinión “no cuenta”.

Se deben tener en cuenta los múltiples factores que pueden atravesar a una misma persona, por lo que es imprescindible ser versátil si se quiere alcanzar la inclusividad.

4. Prepara al equipo para trabajar de manera conjunta

Para que la participación sea real y sostenida, el equipo tiene que estar correctamente alineado. La guía insiste en la importancia de sensibilizar y formar al equipo en metodologías participativas y en el valor de la corresponsabilidad, porque el rol del personal técnico cambia: pasa de “dirigir” a facilitar, cuidar el clima y promover la autonomía del grupo.

En la práctica, esto se traduce en:

  • acordar objetivos y límites del proceso: qué se decide con participación y qué no.

  • definir roles claros: facilitación, seguimiento, devolución, acogida de nuevas personas. 

  • asegurar información accesible para todos los perfiles: lenguaje claro, materiales, tiempos. 

  • dotar de recursos al proceso para que no dependa de la disponibilidad del momento.

  • contar con herramientas para gestionar conflictos y cuidar el vínculo, para que el espacio sea seguro. 

Es importante evitar que las cuestiones recaigan únicamente en un número reducido de personas que no tengan en cuenta las aportaciones del resto de la comunidad.

5. Revisa las expectativas y fija objetivos realistas

Para que la participación sea posible, primero hay que entender qué espera la gente y qué necesita para implicarse. No se trata solo de preguntar “qué opinas”, sino de detectar condiciones reales. Cuál es la motivación para participar, qué frenos existen, qué tiempos pueden sostener y qué haría que se sintieran parte del proceso son las principales cuestiones a valorar. 

Con esa información, llega el momento de fijar objetivos realistas: qué nivel de participación se va a ofrecer de verdad y hasta dónde se puede llegar en esta fase. Aquí ayuda mucho evitar los extremos y hacer un planteamiento progresivo, con acompañamiento y sin control excesivo, para que las personas puedan ir asumiendo responsabilidades de manera gradual y sostenible.

6. Crea espacios y estructuras seguras, accesibles y con roles definidos

La participación se sostiene cuando el espacio es seguro. Si no hay confianza, si pesa la jerarquía o si la conversación no es igualitaria, lo más habitual es que participen siempre los mismos perfiles y que el resto se quede en silencio o desaparezca.

Además del espacio, hacen falta estructuras. Acuerdos, roles y recursos que permitan sostener la participación y que no dependa del entusiasmo del momento. Eso incluye cuidar la accesibilidad, definir quién facilita y quién hace seguimiento, y contar con mecanismos para gestionar conflictos y cuidar el vínculo para que el proceso no se desgaste.

7.  Descentraliza las funciones y el poder de forma gradual 

Participar también es influir. Por eso este paso va de abrir, poco a poco, la capacidad real de decisión y corresponsabilidad. La descentralización funciona mejor cuando es gradual: empezar con decisiones concretas, ampliar según el grupo gana confianza y dejar claro qué se comparte y cómo se decide.

Para que esto sea viable, suele ayudar incorporar apoyos entre iguales, y reconocer el tiempo y el esfuerzo que implica participar. Así se evita que el proceso dependa solo de algunas personas y se facilita que más gente pueda implicarse con autonomía.

8. Evalúa, devuelve y visibiliza los resultados

Si no hay devolución, la participación pierde sentido. Para sostenerla, hace falta cerrar el círculo: contar qué se ha recogido, qué se ha decidido, qué cambios se activan y qué no se incorpora. Esa transparencia es lo que construye confianza y hace que las personas usuarias quieran volver.

Además, conviene evaluar teniendo muy en cuenta la mirada de quienes participan.  Por ejemplo, cómo se han sentido, si el espacio ha sido accesible, si se han recogido aportaciones de manera justa y qué habría que ajustar son algunos interrogantes que no podemos pasar por alto. Y un último impulso que suele marcar la diferencia es no hacerlo en solitario: compartir aprendizajes con otras entidades o redes, intercambiar experiencias y apoyarse en recursos comunes ayuda a sostener procesos participativos sin empezar de cero cada vez.

Estos son los principales pasos que se extraen de la guía, donde se recoge toda la información en detalle. Además, en la última sección encontrarás plantillas y materiales recomendados que te servirán de apoyo para impulsar una participación más sólida en tu entidad.